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El examen de la vida

Recuerdo cuando era joven y en la época de estudiante, al acabar el curso correspondiente iba a recoger las notas finales.

Era ya en el verano, en un instituto y durante la época de bachillerato.

Tendría entre doce y quince años la época en que los estudios empezaban a tener un cierto peso especifico.

Seria por el año 1967, año que para algunos ya les debe sonar a la “prehistoria”.

Las notas las entregaban algunas semanas después de finalizar las clases.

Recuerdo muy bien que iba con miedo a recogerlas. Incluso con algo de angustia porque si suspendía alguna asignatura, me podía jugar el curso.


Realmente este miedo estaba presente porque la seguridad en el aprobado no era evidente.

Y si no tenia seguridad en el aprobado, era por dos motivos.

Bien nos tomamos los estudios con poco interés o bien no alcanzábamos el nivel exigido a causa de nuestras incapacidades intelectuales.

Era casi una lotería a ver que pasaba.

Y cuando tenía las notas en la mano, me daba miedo hasta mirarlas.


La vida es también un examen continuo no de nuestras aptitudes mentales, sino de nuestras decisiones y comportamientos diarios.

Los que creemos en una vida eterna tras la muerte, sabemos que existen unos requisitos para este aprobado.

No es una cuestión de relajarnos y vivir la vida cotidiana normal, pensando que “todo el mundo es bueno” y que Dios acogerá a su reino a la mayoría de las personas.

No es asi.


Por otra parte sabemos que el perdón limpia nuestro pasado y nos permite empezar cada dia desde cero.

Pero este recurso de salvación de última hora, comporta un grave riesgo.

Que manteniendo una vida “poco ejemplar” tengamos un accidente repentino que nos impida reconciliarnos.


No durmamos ni nos relajemos en una vida de iglesia rutinaria con ciertas actividades eclesiales pensando que todo esto es suficiente.

Ese aprobado puede estar muy justo y nos jugamos la eternidad.

Dios no quiere personas con buenas apariencias ni con actividades satisfactorias, quiere arboles limpios por dentro y personas ejemplares delante de Dios.

Una cosa es la apariencia que mostramos a los demás y otra la que Dios conoce en nuestro interior.


Pongamos un ejemplo claro y contundente.

Un pastor de iglesia que predica, que hace obra social, que visita a enfermos, que realiza estudios bíblicos y muestra en general un sobresaliente ante la congregación.

Pero este pastor mantiene un rencor hacia una persona, un distanciamiento que apenas nadie percibe, una indiferencia muy sutil hacia ella.

Y no nos ponemos a juzgar a esta otra persona si se merece o no se merece esta indiferencia, digamos marginación.

Dios que todo lo sabe y todo lo conoce en lo mas profundo de cada uno de nosotros.

¿Crees que va a ser aprobada una persona asi?

Seamos sinceros.


El pecado voluntario y persistente, por sutil que sea, no va a conseguir el aprobado.

No juguemos con estas actitudes que pueden costarnos la eternidad.

Se me puede criticar de rígido e intolerante, pero juzga tu mismo si Dios permitiría algo asi.


¿No consumió Dios a Ananías y Safira cuando dieron sus diezmos y colectas a la iglesia y en cambio solo ofrecieron una parte de lo que estaban afirmando dar?

¿No parece menos grave esto y murieron en el acto por voluntad de Dios?

Ya dice el texto que su pecado no era dar o no dar el diezmo, sino intentar engañar a Dios.

Y seguramente el resto de la comunidad no se percató de tal engaño.


Nuestros defectos deben ser corregidos desde nuestro interior mas profundo y siendo sinceros con nosotros mismos y con Dios, de lo contrario nos estamos engañando.

A Dios no se le puede burlar haciendo ver que nuestra vida es cristianamente correcta, cuando sabemos que hay puntos negros que estamos dejando olvidados.

Puntos negros que todos tenemos pero que a veces pensamos, “Dios ya nos perdonará todo esto algún dia”.


No juguemos con la salvación, es demasiado importante como para perderla por cuatro actitudes incorrectas que mantenemos años y años sin darles importancia.


La salvación es este aprobado que todos queremos, pero el suspenso, no nos da una segunda oportunidad.



Guillermo Blanco 19-2-2012

http://misblogspersonales.blogspot.com/